Marta en Bolondo

Marta estuvo el pasado verano en Bolondo. Quedó enamorada de la manera de ser de aquella gente, de Guinea y de Bolondo. Marta vive en Sant Boi y trabaja en el ámbito de la educación infantil en Sant Vicenç dels Horts.
Desde su viaje el pasado mes de julio ha estado muy implicada en el día a día de D2000 en Barcelona y está intentando que la colaboración con la escuela de Bolondo logre cierta continuidad.
Este próximo mes de julio regresará donde fue tan feliz hace casi 1 año, volverá a entrar en la escuela y se reencontrará con los niños de aquella zona donde tenemos el centro de salud. Mientras tanto, nos ha querido hacer llegar los sentimientos y sensaciones vividas,fruto de haber sabido mezclarse y compartir, con tanta pasión...como ella suele hacer todas las cosas. Gracias Marta.
MARTA LOZANO: SUEÑOS EN MI GUINEA ECUATORIAL
Una vez en el aeropuerto, me sentí sobrecogida. Reinaba un cierto caos, pero lo que en realidad más me afectó fueron esas miradas penetrantes del personal de aduanas y del cuerpo de policía. Desprendían una desconfianza, que me afectó. Me sentí incómoda y temerosa. Acababa de llegar y esperaba, o mejor dicho, necesitaba, unos primeros contactos más cálidos. Mis primeros pasos por la ciudad me encogieron el corazón. Me asaltaban los temores: ¿Me habré equivocado al dar este paso? Venían a mi mente aquellas voces de amigos y familiares, que me habían desaconsejado este viaje. Sus voces rechinaban en mis oídos: “-Estás loca si haces un viaje allí”.
Los primeros días fueron muy difíciles. No me adapté de entrada ni mucho menos. Todo me resultaba tan misterioso, que aún dudo si me llegué a adaptar totalmente. Leía textos de autoayuda escritos por voluntarios anteriores, que contaban sus experiencias. ¡Cuánto se lo agradecí! Poco a poco fui superando mis temores y el miedo se fue alejando de mí. ¿Cómo lo conseguí? Pensando menos en mí, ir abandonando el “yo” por el “yo por ti”. Lentamente iba ganando confianza, me sentía cada vez más segura. Los guineanos me seguían sorprendiendo, sobretodo por ese comportamiento bipolar que ostentan. A veces te miran con desconfianza; otras veces, en absoluto. Te parecen trabajadores; en otras ocasiones los encuentras vagos. Son muy bromistas y actúan con mucha franqueza, pero hay momentos en que parece que no se acaban de fiar de ti. Para emitir una opinión general: son claros y directos.
Las calles y el aspecto exterior desprenden bullicio. Las casas, bajitas y rectangulares. Ellos mismos se las construyen con madera o barro. Sus tejados son de “nipa” o de chapa. En su interior carecen de comodidades y distracciones para pasar los ratos de ocio. Debido a ello, se comprende que estén más tiempo fuera que dentro: en la calle, bajo la sombra de un árbol, en el bar de algún vecino...Los niños abarrotan las calles o bien jugando con lo que ellos mismos se han construido o bien cuidando hermanitos más pequeños, que llevan a cuestas, pues sus madres no pueden ocuparse de ellos.
¡Los niños! Los recuerdo de una manera especial. En la escuela me parecían de una timidez innata. En cambio, me sorprendían por su gran imaginación, libre, increíble. Sus ojos derrochan expresión. Aguzan la mirada, que traduce un fuerte interés por saber y aprender. Me conmovió que ellos mismos tuvieran que fabricarse los juguetes; sientes que hasta la infancia les han robado. Son niños muy maduros, pero inocentes. Te ofrecen unas lucecitas de amor, que se adentran por las grietas de tu corazón...Sus sonrisas, sus miradas...las llevo dentro de mí. Me regalaron ternura y cariño. Están atentos y pendientes de ti: te escuchan, miran, observan, imitan, adoran...Y ellos carecen de todo esto. Su infancia es muy corta. Demasiado pronto se les convierte en hombres y mujeres.
Ellas, desde muy pequeñas, conocen el trabajo duro. Se convierten en mujeres robustas, exuberantes. Cargan con el peso de la casa y trabajan además en las plantaciones, la mayoría hasta edades muy avanzadas.
Ellos, en cambio, se ocupan sólo de la pesca con la ayuda de los niños. A las seis de la mañana arrojan sus redes al mar desde sus cayucos. Ese mar no siempre les resulta propicio. A veces su aspecto es tan amenazante y sobrecogedor, que o no salen a la mar o regresan antes de tiempo con los cubos vacíos de pescado. Apesadumbrados, se lamentan: “Hoy no hay pescado”. Pero se consuelan el resto del día bebiendo cervezas, que son muy baratas, con los amigos.
El tiempo cambia constantemente; es muy variable. Desde un sol tórrido que quema el polvo de los caminos, se pasa rápidamente a una lluvia torrencial y espesa, que, a veces, puede terminar por la noche con la famosa “nieve africana”: una lluvia muy fina.
¡La noche guineana! ¡Cuánta magia encierra! Cierras los ojos y vas conciliando el sueño con la exótica música de la fauna tropical de la selva próxima. Son vivencias tan intensas y tan nuevas para ti, que por momentos crees vivir dentro de un sueño.
Aprendes a vivir el presente, al menos de una manera tan real y práctica. No cabe hacer muchos planes, porque pueden desmoronarse de un momento a otro. Déjate llevar, acepta lo que se te ofrezca. No es aconsejable imponer tu cultura o las ideas europeas. Siempre déjate llevar e irás acumulando vivencias que, buenas o malas, son guineanas. Hazlas tuyas, quédatelas para ti.
Regresas llena de recuerdos. Ha desaparecido el temor inicial. Hasta los guardias del aeropuerto parecen que te sonríen y gastan bromas. Sucede que ya no eres la extraña que llegó un día. Algo guineano forma parte de ti. Guinea es más tuya y tú le perteneces en gran parte.
¡Cuántos recuerdos! Derramas lágrimas al evocarlos. Y hay algo nuevo en mí: un deseo enorme de regresar. Agradezco la oportunidad que me ha brindado Desarrollo 2000 en África. Me han obsequiado con el mejor de los regalos: la oportunidad de realizar mi sueño. Sueño que siento mío, pero también comparto con otros, cuyo nombre es el Desarrollo de África.























Las fotografías de Emilio Mateo son humanas. Lo son porque los rostros y las personas ocupan la mayoría de ellas. Y además, porque a través de su instantánea nos llegan rasgos, peculiaridades y valores de esos seres. Esta exposición nos permite comprender y entender muchos rasgos antropológicos de todos ellos. Hay niños y adolescentes. Los pequeños te obsequian con la mirada de unos ojos fuertes, potentes, como si se les agrandaran para empezar a captar el largo camino del mundo que tienen ante sí. Los mayores juegan a pelota. Las niñas, más recatadas, sólo se asoman a la ventana o están entregadas a las tareas domésticas. Los adultos, en cambio, carecen de esta vitalidad juvenil; permanecen estáticos y con aspecto algo abatido, como el que está sentado comiendo una naranja u otro cuya mirada denota cansancio. Las mujeres y las madres, rodeadas de bastantes niños, delatan con su mirada algo de esfuerzo para sonreír ante la cámara; sonríen sí, todas, pero acusan un cierto esfuerzo para hacerlo. Sonrisas sugerentes del peso que llevan encima o que han llevado a lo largo de su vida. Pero ninguna ha perdido su empuje, Balbina, por ejemplo. Pasean reposadamente o se dirigen a los oficios religiosos. Los hombres jóvenes trabajan, siempre están ocupados. Las dos fotografías de la playa con el manejo de la red de pescar son absolutamente magníficas. Ese dinamismo se va amortiguando en los mayores. Estos tienen miradas serias, como más cansinas. Alguno parece algo atormentado. Uno sostiene una metralleta; no actúa, permanece inactivo. Pero sus ojos denotan satisfacción, al igual que los de un policía con cara de acecho. 